| Deportes |
Lima, 15 de Noviembre del 2007 |
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Diez kilómetros eternos e inolvidables
Escrito por Gianmarco Farfán Cerdán Fotos: Marcos Farfán Sánchez
Nunca había estado en un evento deportivo con tantos participantes: más de diez mil corredores. Todos estos verdaderos amantes del atletismo tomamos parte la mañana del domingo 11 de noviembre en la famosa carrera NIKE 10km, que se corre en varios países de Sudamérica, simultáneamente. Yo iba con un objetivo claro: hacer entre 50 y 56 minutos en esos diez kilómetros. Para eso había participado en dos carreras de 5 kilómetros previamente, en distintas partes de Lima, y me di cuenta -por mi rendimiento en esas oportunidades-, que el tiempo al cual aspiraba no era algo imposible. El ambiente era de fiesta y el sol empezaba a brillar, cuando se inició la carrera en el interior del Jockey Club del Perú, con las voces de los divertidos e inseparables Johana San Miguel y Carlos Carlín animando el evento. La huancavelicana Inés Melchor, ganadora de muchos títulos panamericanos y sudamericanos de medio fondo y fondo, era la estrella de la carrera. Yo estaba ubicado en uno de los últimos grupos de corredores, donde todos teníamos la cinta verde en la muñeca (señal de que éramos “Los no corredores que corren”, es decir, los corredores menos competitivos de los tres grupos que había). Calculo que debo haber estado ubicado entre los puestos 8.500 y 9.000 antes de partir, en la parte más posterior de la multitud. Mi padre, que siempre me acompaña a las carreras donde participo, al verme avanzando en medio de esa procesión celeste de deportistas, me toma unas fotos antes de que llegue a la línea de partida. Para cuando llegué a ella, habían transcurrido 9 minutos y 25 segundos en el enorme cronómetro ubicado en la parte superior del inmenso arco desde donde todos partíamos (ese tiempo le descontaría yo al tiempo final, cuando llegase a la meta).
Kilómetro a kilómetro (en vivo)
Cientos de padres, madres, amigos y parejas portando cámaras fotográficas y hasta filmadoras de mano, dicen frases de apoyo y motivación a los suyos, aplaudiendo también, al verlos cruzar el imponente arco color cielo. Una incontenible marea humana de camisetas celestes avanza lento, incluso tras la partida. Tendré que buscar desde ya espacios en el camino para correr más libre y a mi ritmo propio. Salgo relativamente rápido, tratando de ganar posiciones, porque si sigo con mi grupo inicial –que va muy tranquilo-, no lograré el tiempo previsto. Derecha, izquierda, zigzagueando, paso a uno y otro. Pero no soy el único con esa táctica. Algunos otros corredores también parecen inquietos autos de carrera buscando el camino libre donde sobrepasar una camiseta celeste más, a la mínima oportunidad. Durante el trayecto, un corredor alto que avanza valientemente con muletas y la pierna derecha enyesada llama mi atención. Doscientos metros más adelante, una numerosa familia con una pancarta donde se lee un “vamos, gordo” escrito con plumón, alienta a alguno de los competidores. Al llegar al primer kilómetro (marcado por un “1” gigante a un lado del camino), ya he superado a unos 350 ó 400 corredores, y unos 50 me han pasado, así que todo transcurre como lo he planeado. Y lo mejor es que ya he encontrado mi propio ritmo para el resto de la carrera. Recorriendo el segundo kilómetro -en pleno distrito de San Borja-, una serie de grupos diversos a un lado de la pista, distrae mi vista: decenas de señoras y jóvenes practican tai-chi, muchos perros bonitos con cadena acompañan a sus dueños, jóvenes y mayores agitando coloridos globos alargados con sus manos nos dan aliento. Más aplausos y palabras motivadoras para todos. Algunos corredores y corredoras empiezan a quedarse parados como postes en el camino. Hay que estar atento y esquivarlos rápidamente. Kilómetro tres: cambio de planes, inevitablemente. Un dolor que tenía en la rodilla izquierda desde hace dos días recrudece y se vuelve muy intenso. Me obliga a bajar la velocidad casi en 50%. Adiós, soñados 50 minutos. Mi nuevo objetivo: llegar a la meta a pesar del dolor cada vez más fuerte. Un atleta ubicado a pocos metros delante mío se va a un lado de la pista, a uno de los parques, y empieza a vomitar (“seguro desayunó tarde o tomó algún lácteo esta mañana”, pienso). Tras pasar el cuarto kilómetro, un corredor de cuarenta años aproximadamente empieza a tomar fotos con una pequeña cámara digital a su compañero, con quien conversa mientras avanza. Luego gira hacia la derecha e izquierda para tomar muchas fotos de los otros corredores. Parecía un “loco-cámara”. En una curva, sobre una tarima, un DJ con discotequera música electrónica eleva mi adrenalina. De pronto, una delgada y guapa mujer que no conozco choca conmigo hombro a hombro, en el intento de ambos por superar a algunos corredores cansados o detenidos en la ruta. Nos pedimos disculpas mutuamente, con una sonrisa. Por unos breves instantes olvido el dolor. Mitad de la ruta. Voy 32 minutos 36 segundos, exactamente. Unos pocos metros después, las alfombras electrónicas certifican el paso de los atletas, sonando estridentemente ante las constantes pisadas de los deportistas. La actriz de “Alta Sociedad” Gisela Ponce de León canta sobre una tarima, junto a un tipo con cara de rockero relajado, frases motivadoras para los corredores. Una rubia y atlética mujer viene corriendo desde atrás con su modernísimo coche de bebé -de ruedas muy gruesas y aerodinámicas- y me pasa. Todos los demás corredores que también son superados se quedan mirándola, sorprendidos. Nunca pensé que un coche de bebé me fuera a superar en una carrera. Aparte, parece que ni en el deporte dejan de existir los “vivos”, los “criollazos” que tanto daño le hacen a nuestra sociedad peruana: sexto kilómetro ya, y una pareja de corredores frescos y nada transpirados entra recién a la ruta, se meten repentinamente, provocando algunos silbidos y reclamos verbales por parte del resto, quienes sí nos estamos sacando el alma para hacer todo el trayecto completa y correctamente. Cerca mío, un niño de unos diez años le dice a su padre –de acento español- que esa “colada” no era justa, pero que al no haber pasado esa pareja por las alfombras, no se les registraría el tiempo oficialmente. Su padre está de acuerdo con él. Ambos me asombran, provocan mi admiración. Corren relativamente rápido un rato y caminan otro tanto. Por eso, en un momento están cerca de mí, y al otro rato se quedan atrás. Es obvio que de este modo el padre está inculcando a su hijo el amor por el atletismo, por las carreras largas en este caso. De seguro este muchacho será un muy buen deportista de categorías infantiles, menores y juveniles en poco tiempo. No cualquiera se anima a hacer una carrera de diez kilómetros a los diez años. Por otro lado, la rodilla izquierda me sigue matando, pero además, siento que aparece un par de torturas en la mitad de las plantas de mis pies. Ampollas, seguramente. Mi carrera se vuelve casi una caminata rápida. Ya ni siquiera anhelo hacer una hora y diez minutos de tiempo. Solamente pienso en que cada paso que doy me pone más cerca a la meta. Nada más. “¿Dios, dónde está la marca del kilómetro siete?, ¿desapareció?”, me pregunto, ya que luego de la señal en el anterior kilómetro, no he vuelto a ver ningún número gigante, diez minutos después. Varias mesas con vasos descartables llenos de líquido rehidratante al lado derecho del camino provocan pequeñas colas de corredores sedientos, sin embargo yo prefiero no detenerme y jalo rápidamente un vaso mientras corro. “Si me detengo, ya no corro más”, pienso. El sonido de una extensa alfombra de vasos blancos descartables siendo pisados se vuelve una extraña música de fondo durante un par de minutos. Estamos a punto de terminar el recorrido por la avenida Aviación. Ahora viene la bajada a la Vía Expresa de la avenida Javier Prado. El sol está más fuerte, la adolorida rodilla izquierda y las ampollas no dejan de acompañarme con terrible fidelidad, pero empiezo a sonreír levemente: “estos diez kilómetros serán inolvidables (que en plena carrera parecen eternos) cuando llegue a la meta”, me digo. Pero aquí está lo más bravo. Resulta que la amplia Vía Expresa es toda en subida a lo largo de su trayectoria. Y la pista está inclinada hacia la izquierda, lo que me obliga a moverme hacia el extremo de ese lado casi de inmediato. Más y más corredores se quedan únicamente caminando a causa del cansancio, y otros pocos empiezan a aumentar el ritmo de su carrera. En los diferentes puentes sobre la Vía Expresa, los transeúntes observan atentos, más de uno sonriente -ante tanto deportista junto-, y hay distintos grupos de jóvenes vestidos de verde, rojo y negro (para alentar a los tres diferentes grupos de corredores), que portan banderolas, gritan, hacen barra y saltan, diciéndonos palabras y frases alentadoras. Vaya que las necesito. “¡Kilómetro ocho, kilómetro ocho, faltan dos, sólo faltan dos!”, dice a través de un micrófono el divertido ex Pataclaun Gonzalo Torres, al lado derecho del camino. El famoso y televisivo “padrecito Gonzalete” extiende su mano diestra en señal de apoyo y muchos corredores nos acercamos para chocársela. Por fin sé cuanto trecho falta. El sol quema como si uno estuviera en un desierto africano. Felizmente, una manguera salvadora de los bomberos, instalada a un lado de la ruta, rocía agua a todos los que se le acercan. Abro los brazos, cierro los ojos unos segundos, y me refresco gratamente. Otros corredores se estimulan de inmediato con ese breve baño de salvación, empiezan a correr con más prisa y se alejan de mí, pero el efecto no les dura mucho: unos doscientos metros adelante, vuelvo a alcanzar a varios. Por fin la pista deja de ser en subida. Faltan cien metros para doblar a la derecha, hacia la recta que da a la carretera Panamericana Sur. Apenas doblando, se escucha música trance. Bajamos hacia un túnel nada iluminado, la música retumba más fuerte y me obsequia cierta motivación. Veo a mis compañeros convertidos en esforzadas sombras guerreras que también sienten la meta cerca. Saliendo del largo túnel, nos espera poco después la entrada al Jockey Club: ¡por fin! La gente nos grita “¡falta poco, vamos!, ¡ya casi llegan!, ¡tú puedes!”. Ahí está: el inmenso arco celeste. Lo veo a lo lejos como un arco iris, como un oasis color cielo. Trato de correr más rápido, pero la rodilla y las ampollas no me dejan, aunque siento que tengo aire para hacerlo. Varios atletas, sobre todo hombres, empiezan a rematar. Las voces emocionadas de la gente animando se vuelven más fuertes y numerosas, trato de abrirme espacio en esos metros finales, veo a mi padre que me toma fotos desde lejos, los aplausos del público se dejan oír claramente, el cronómetro inmenso ya está más cerca, remato con fuerza los últimos cincuenta metros aunque me duela hasta el alma de mi alma, supero a unos cinco corredores gracias este esfuerzo final, y ¡sí, lo hice, he cumplido mi objetivo!… Abro los brazos, feliz… Llegué.
Ganas de volver 1 hora 13 minutos y 26 segundos me tomó concluir esta aventura magnífica. Mi puesto fue el 4.862, entre 10.118 corredores. Datos para la estadística que solamente sirven para decir que estuve, que participé, que fui parte de esta estupenda carrera -una de las mejor realizadas en el Perú, según la prensa nacional-. Espero volver el 2008, mejor preparado físicamente, sin dolores insoportables de rodilla, sin súbitas ampollas en las plantas de los pies, para disfrutar otra vez esta fiesta del atletismo que es la NIKE 10km. Nunca olvidaré la camiseta número 5039 que llevé durante esta primera carrera de diez kilómetros de toda mi vida. La dorada medalla que recibí tras la carrera, tendrá siempre un significado muy grato e importante para mí, que amo el atletismo desde niño. Y es que no hay nada tan hermoso como hacer deporte, y nada te hace sentir tan libre como correr, correr y correr.
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